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Vinos y Platos

Por Gabriela Gasparini

 
Últimamente se escucha hablar bastante sobre el maridaje entre vino y comida. Desde tiempos remotos hemos sentido esa cantinela, conocida como la fórmula de los colores, que dice: "carnes blancas, vinos blancos; carnes rojas, vinos tintos", y a más de uno dar cátedra basándose en esta norma. Pero hasta dónde hay que respetarla estrictamente, si un día uno se sienta dichoso a comer una boga asada, siguiendo esa regla no quedaría otra opción que optar por un buen vino

 blanco, ¿no lo estaría desperdiciando si la sutil pátina grasosa que ese noble pescado suele dejarnos en la boca impidiera apreciar los sabores del alcohol elegido?.
De la misma manera, muchos tintos perderían su magia al tomarlos entre un chinchulín y una tripa gorda, todo acompañado por una mixta condimentada con bastante vinagre. O sea, que tampoco es cuestión de cualquier tinto.
Existe otra tendencia a la hora de la selección, que son las combinaciones regionales tradicionales, esto es, beber vinos locales con las comidas del lugar: Piamonte, Toscana, Provenza, Alsacia, Borgoña; una teoría que podríamos poner en práctica tomando un Torrontés con unas buenas empanadas salteñas, pero a la hora de la cocina internacional se vuelve francamente impracticable en la Argentina actual.
Y si bien hay parejas que se dan por sentadas, y su maridaje suele tomarse casi como un decreto presidencial, es el caso del roquefort con el Sauternes, siempre hay que tener en cuenta que no todos los Sauternes serán iguales, porque variarán según la añada, la conservación, y otros avatares; y además, cuál es la gracia de atenerse siempre a la misma pareja, cuando en realidad cada comida nos ofrece un abanico de posibilidades vinícolas para acompañarla. Lo que hay que buscar es que los contrayentes se complementen, si además se potencian y se realzan mutuamente, seguramente pasaremos un momento inolvidable.
Una de las posibilidades más seguras es equilibrar el cuerpo del vino con la comida, sin prestar atención a los colores. Un pollo bien sazonado y preparado en una salsa de vino, va a echar por tierra cualquier intención de tomarlo con un Chardonnay o un Chablis, por muy blancos que sean. El mismo vino o uno similar al utilizado en la cocción podría ser lo recomendable, elección que tampoco es infalible, porque siempre es preciso tener en cuenta el grado de reducción que el mismo haya sufrido en la preparación.
Por otro lado, existe una categoría conocida como los asesinos del vino, que nunca hay que perder de vista: los huevos apenas cocidos y el chocolate, su misión es bloquear las papilas gustativas, por lo que no vale la pena invertir demasiado con el caldo elegido. No hablamos de los soufflés o los huevos cocidos en algún tipo de salsa, ni de una mousse o una marquise de chocolate, ya que en el primer caso un Chardonnay o un Sauvignon Blanc pueden andar, y en el segundo todo podría solucionarse con un dulce con polenta. Pero todo es cuestión de gustos, siempre habrá alguien en la reunión que hubiera preferido acompañar algún plato con una opción diferente. Veremos después otras puntos a tener en cuenta para un buen maridaje como la intensidad del sabor o la textura, por ahora, si se van a servir distintos vinos durante una comida, es suficiente con recordar el orden recomendable del servicio de los vinos: los más jóvenes antes que los más añejos, los más ligeros antes que los más alcohólicos, los frescos antes que los que se beben templados, y los secos antes que los dulces.

Recomendaciones hay muchas, en el Larousse de los Vinos podemos encontrar una larga lista con propuestas para maridar vinos y comidas, que tratan de acercarnos a la mejor pareja, por ejemplo:
Anchoas: jerez fino, vinos blancos, rosados o tintos del sur de España o de Francia. Carpaccio: chianti clásico o rufina, o un super vino da tavola de Toscana. Cochinillo asado: tinto de tempranillo (Ribera del Duero, Rioja, Cataluña) o Cabernet Sauvignon no demasiado intenso. Riñones: tintos estructurados y con cuerpo. Pollo: vinos de todos los colores y de todos los estilos. Alimentos ahumados: son los más difíciles de combinar con un vino porque sus aromas a humo tienden a predominar, aunque se asocian bien con toda una gama de vinos producidos a partir de cepas muy aromáticas, como la gewürztraminer y la riesling. Tortilla española: jerez.
Pero todas estas concordancias son el resultado de maratónicas degustaciones realizadas en la década del 80 por conocedores de todo el orbe, y la verdad es que muchos de los resultados encuentran a los jurados de estas reuniones enfrentados entre sí, o sea que volvemos al principio, todo es relativo.
Por eso lo mejor en este tema es tener una idea general de las posibilidades, y luego hacer las adaptaciones personales que creamos convenientes.
Con el aperitivo, que es cuando el estómago se prepara para recibir los alimentos, lo mejor es una bebida no muy alcohólica, baja en azúcares. Un vino que se tome frío, preferentemente seco, joven, afrutado y ligeramente ácido. Una alternativa interesante son los buenos espumosos, que también pueden acompañar una entrada liviana.
Si hablamos de pescado hay que tener en cuenta la textura del bicho, porque si bien es cierto que la tendencia es hacia los blancos, si su tipo de carne o su cocción lo requieren las posibilidades pueden ampliarse a un tinto joven y con sustento como un Merlot, que en este caso podemos servir un poquitín fresco. Con los mariscos nos tiramos de cabeza a los blancos, bien puede ser un rico Chardonnay, o si lo preferimos o la ocasión lo amerita, un champagne brut, extra brut, y por qué no un buen rosado.
Cuando de carnes se trata, digan lo que digan, nuestras preferencias se inclinan decididamente por los tintos en todas sus versiones, desde los más corpulentos para los platos más pesados hasta los más ligeros cuando se trata de algo rápido y sencillo, sobre todo si es al mediodía y hay que seguir trabajando.
Para las aves nos remitiremos a la mención anterior, vale todo pero hay que tener en cuenta la salsa. Con la caza lo más conveniente son los tintos no demasiado viejos, un Cabernet Sauvignon o un Tempranillo, son una opción a tener en cuenta.
Los dulces finales son toda una historia, no es fácil, pueden ser espumantes, puede ser un oporto. Y en el caso de que el postre esté a un paso de resultar empalagoso, quizás sería conveniente acompañarlo con un cognac, o un armagnac. Usted verá.
La verdad es que casi podríamos decir que con los vinos ocurre lo mismo que con los hombres, provocan risa esos comentarios sobre "lo buen amante" que es fulano. El señor en cuestión seguramente habrá dejado muy satisfecha a algunas, pero decididamente no cubrirá las expectativas de muchas otras, que no a todas nos dan placer las mismas piruetas. Por eso, lo mejor es ir por ahí saboreando, para una buena elección hay un solo consejo: ¡A probar se ha dicho!.

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