Parece ser que galos y celtas fueron los primeros en utilizar contenedores de madera para sus bebidas, y que los romanos aprendieron a construirlos cuando cruzaron los Alpes. A partir de entonces todo cambió. El desarrollo alcanzado por el comercio marítimo hizo necesario reemplazar las vasijas de barro por los grandes toneles de madera para mejor transportar el noble jugo en sus interminables travesías.
Como es obvio pensar, no tardaron en descubrir que la íntima entrega que se producía entre madera y líquido mejoraba ostensiblemente las cualidades de éste último, el único problema era que su gran tamaño limitaba un poco la calidad de la relación. Así fue como los barriles se achicaron hasta llegar al tipo bordelés con una capacidad de 225 litros, que es donde mejor se produce esa interacción vino-madera-oxígeno, proveedora de los aromas terciarios que tantas satisfacciones nos brindan.
La madera más preciada proviene de los árboles que crecen en Francia y Estados Unidos, aunque como bien dice el dicho, no es oro todo lo que reluce, y hubo un tiempo antes de que las guerras arrasaran la ex Yugoslavia, en el que sus bosques solían proveer de buena madera a toneleros franceses que los vendían como autóctonos, lo mismo que algunos países bálticos y de distintas zonas de Rusia, aunque hay que reconocer que sus poros no son los más aconsejables a la hora de la guarda.
Las diferencias entre el roble francés y el americano se basan en que en el primer caso prestan notas avainilladas, cremosas, quizás más finas. En el segundo, su madera es más dura y pesada, y si bien la vainilla también está presente se le suma un componente conocido como metiloctalactona, que puede hacer resaltar el aroma a coco. Siempre hay que tener en cuenta que las barricas tienen un uso limitado y que cuanto más jóvenes sean más aportarán en taninos, aromas y sabores.
Además es importante resaltar que según su origen varía la estructura celular del roble, los vinificadores distinguen el grano cerrado o suelto, que depende de su crecimiento, o sea del bosque de donde proviene. Los robles que crecen lentamente dan una madera de grano cerrado que no sólo afecta su permeabilidad al aire, sino también a sus componentes fenólicos más finos. Los polifenoles son los que hacen los aportes aromáticos. En el caso de los que crecen más rápidamente, su estructura es más tosca y aporta aromas decididamente más poderosos. A su vez, los taninos del roble son diferentes de los de los hollejos y los escobajos de las uvas, aumentan la astringencia del vino y refuerzan su estructura.
Pero a las características intrínsecas de cada tipo de árbol, que por supuesto juegan un papel importante a la hora de brindar sus cualidades, hay que sumarle el tostado de la madera que, en cualquiera de sus tres niveles: quemado ligero, medio y fuerte, tiene un rol fundamental ya que a medida que crece la intensidad más se sienten la vainilla, las almendras y el caramelo.
Además de la decisión del enólogo en cuanto a las notas que quiere darle a su vino, una de las cosas a tener en cuenta a la hora de la crianza en roble es el precio de uno y otro, el francés casi triplica el costo del americano, por eso ahora se ha extendido tanto el uso de las dos barricas, pasan un tiempo por una y otro tiempo reposan en la otra, o directamente fabrican los toneles con las duelas de una variedad y las tapas de otra, o simplemente intercalan duelas de distintas especies. Ya se sabe, el ahorro es la base de la fortuna.







